2/2/13

¿Para qué sirve un BLOG?

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De lo que más he disfrutado desde niña ha sido bailando y escribiendo.

Con el primer disco (Like a Virgin) y mi primer diario imaginaba entonces una vida futura donde expresarme y explayarme sin noción alguna de la virtualidad, la imaginación se basaba en hechos contundentes y concretos por imaginarios que fueran.

Antes de conseguir dinero para el primer radiocassette y su Like A Virgin, podía bailar gracias a que mi tía me pagaba clases de baile en academias hasta aprobar el examen para entrar en la Escuela de Arte Dramático y Danza, donde aguanté tres cuartos de telediario.

Mientras que en las academias se nos motivaba y se nos recompensaba por las incansables horas (y por el pago mensual xD) a través de actuaciones en lugares como el Auditorio Parque Fofó o el Teatro Romea (aún recuerdo esa inquietud como uno de los mejores recuerdos de mi vida), el Conservatorio se especializaba en poner a prueba de forma totalmente gratuita nuestra resistencia física y psicológica; una dureza complicada de entender con nueve años, más si el entorno personal no es reforzante.
Yo entendía la música y la danza como una inagotable fuente de placer y liberación, no como un sacrificio que nos pone constantemente a prueba, para ponerme a prueba ya había otras cosas.

Abandoné mi pasión danzarina y guardé celosamente las fotos de aquellas actuaciones que con tanta ilusión y nervios vivimos. Sin duda prefería el tembleque de piernas por salir a un escenario que por el agotamiento de profesoras mecánicas y programadas, y es que incluso las ineludibles clases de solfeo resultaban mucho más creativas que la permanente rigidez de nuestros cuerpos. Puede que incluir en cada clase unos minutos de expresión corporal libre hubiera bastado para hacer entender a una niña que la danza constituía muchas más cosas que una paralizadora disciplina.


Dejé las clases pero nunca dejé de bailar. Seguí bailando y escribiendo. Bailando sin parar en la calle, escribiendo constantemente sobre lo que nos ocurría en esas calles. No sabemos de qué van las cosas, sólo sabemos que unas cosas nos llevan a otras. A mí me llevó a conocer a cierta personas, ciertos ambientes e inciertas noches que no acababan jamás.

A pesar del ritmo frenético, acabé mis estudios del insti e incluso aprobé a la primera selectividad, algo incomprensible teniendo en cuenta el poco tiempo que dedicábamos a algo tan importante.

Presumo de haber estudiado en el instituto EL CARMEN, con profesores maravillosos que jamás tiraban la toalla con nadie. Guardo un recuerdo increíble de todos ellos, especialmente de "las dos Josefinas" (Filosofía), el hiper-paciente Físico-Químico, Don Juan Manuel de Latín (un señor ya entonces bastante mayor que desprendía una sabiduría y ternura infinita) y Conchita Morales, nuestra profesora de Griego, a la que tendría que dedicar un post entero para poder describir su magia y su humanidad, entre otras cosas observaba silenciosa cómo entrábamos a un examen con cara de haber pasado las últimas 12 horas haciendo de todo menos estudiando. Su falta de juicios hacia nosotros y su cariño incondicional hizo que acabáramos respetando su difícil asignatura tanto como a ella, como resultado secundario sacamos las notas más altas de selectividad precisamente en Griego. Y digo resultado secundario, porque lo que transmitía esta señora en sus clases está muy por encima de todos esos conocimientos que con el tiempo es inevitable olvidar.
Aunque no nombre a todos, todos ellos fueron profesionales que en mi recuerdo trascienden su propia profesión, y conforman una base maravillosa para aquellos años en los que nos íbamos formando como personitas.

Pero entonces yo no era tan consciente de ello, las aulas eran muchas veces apetecibles pero no mi lugar favorito. La calle era la máxima caña, era absolutamente todo, ¿dónde vas? Me voy a la calle, y uno la absorbía hasta el punto de percatarse de una nueva farola enferma o un viejo árbol que de repente se había encendido: era nuestro facebook, nuestro móvil, nuestro meetic, nuestro instagram sin filtros; es decir, no era nada de esto, pues todo era.

Tras la intensidad callejera llegó, de repente, la virtualidad de "el estar sin estar", una tendencia que si bien es esquivable es la esencia del brusco cambio que hemos vivido esa generación que aún en plena juventud hemos pasado de encontrarnos en la calle y vivir en ella  nuestras experiencias marcadoras a tener todos los dispositivos localizadores a mano para encontrar la manera de no reencontrarse.
La casualidad como única magia capaz de dar vida a un trasnochador evento, entre irrepetible y poco probable.Antes de que llegara la juguetona virtualidad de las redes ya me había tropezado con variantes supuestamente más consistentes, personajes y situaciones a modo de boceto y confusamente interactivos, preámbulo de la era que estaba a punto de explotar para todos.

En esa inestabilidad sentimental y motora estaba, experimentando lo que toca a esa edad, la insoportable levedad de ser seudoreal, cuando me tocó elegir carrera. Me matriculé en filología porque quería escribir mientras seguía bailando. Allí no se escribía nada realmente, abandoné y de nuevo presente la libertad no del todo aprovechada y su atractiva excitación de no encontrar sentido a actuar como se debe. Pasaron entonces unos poquitos años hasta que me conecté en el 2002, utilicé la red para desmarcarme de las atípicas situaciones sobrevividas, quise comprobar si realmente existían criaturas comprometidas y prometedoras o si sólo era cosa de mi sustancial consumo de cine y libros en las horas bajas de otros consumos. Aquellos primeros años de experimentación social-cibernética fue lo más lisérgico que probé jamás, sin duda hubiera sido preferible una década más de permanente parálisis en el parking del "Vatios" o camino del "Yin Yang"...

Tras esos primeros años de tontear con la parte más facilona del descubrimiento, desperté de un fostiazo y decidir apostar por la parte más poderosa: las infinitas posibilidades "DoItYourself" de la virtualidad.

Lo haría yo misma, parte de lo que quería y no había encontrado lo crearía yo hasta creerme su existencia, entre otras cosas escribiría un blog. Se me ocurrió el nombre "EN OCASIONES VEO VIVOS" porque me resultó una expresión tan divertida como honda y porque alude a mi manera de entender el sexto sentido: nuestro instinto no debería usarse para algo tan sencillo como localizar muertos, hay demasiados zombies, lo realmente interesante era descubrir la alentadora presencia de algún vivo. Era una manera de empezar de manera sincera sin detallar la historia-base, aquella que nunca contaría por mucho que escribiera de todo lo demás. A principios de 2007 Me aseguré por google de que dicho título no había sido antes utilizado, si no conseguía escribir nada coherente como mínimo mi blog tendría un nombre propio xD, google rastreó millones de página en segundos, no había ni una sola coincidencia. Tras un año de promocionar mi web por todo rincón que se dejó hacer, "muy casualmente", la frase apareció como título de algunos posts y webs como nombre propio.

Mi blog recoge todo aquello que me estimula y de lo que quiero atesorar pruebas para poder recordarlas, pues el tiempo cabalga demasiado rápido en nuestra memoria y en sus estragos. Está dedicado a cuatro mundos que me han empujado para que la superación más divertida  fuera la constante más tenaz y rebelde.

A la música y el baile, por sentirlo como lo más vivo del mundo, con Madonna en el epicentro.

A los animales, el misterio más íntegro y cálido al margen de la enrevesada y fragmentada emocionalidad humana.

A cualquier autor de cualquier obra artística que nos permita salir de la sobrevalorada realidad.

A los niños, de los que soy desde los 18 profe particular de Primaria y Secundaria. Los amigos más fieles y transparentes, los grandes maestros que nos salvan de lo que creemos saber.


Madonna en 1983 llevando falda creada por sus amigos Vivienne Westwood & Keith Haring.
 DO IT YOURSELF... or YOUR FRIENDS.